domingo, 19 de febrero de 2017

Los bombos...

Tercera parte de mis sueños taurómacos utópicos: los bombos. No, no son los de Manolo, ese ilustre aficionado al fútbol valenciano que ameniza los partidos de la Selección Española y del equipo de su ciudad a base de mamporrazos de bombo bien audibles. Evidentemente me refiero a otra cosa.
Hablo de la confección de los carteles de las ferias importantes. El aficionado siempre se está quejando de la confección de los carteles. Que si las figuras sólo se acartelan con las figuras, que si los toreros de segunda fila no pueden entrar en los carteles de postín, que si las ganaderías que matan unos y otros son siempre las mismas, etc. Todo nos parece mal. Todo nos parece siempre lo mismo. La monotonía nos vence a la hora de acudir a una plaza de toros porque básicamente siempre se repite la misma historia.
Pero eso tendría una fácil solución. Solución que por otra parte es utópica pero no imposible. ¿Que cuál es? Muy sencillo. Un sorteo al más puro estilo Copa del Rey o Champions League. Una feria equis. Tres señores. Un Notario que dé fe. La prensa convocada para tal evento. Tres bombos. En uno bolitas con el nombre de los toreros. En otro bolitas con el nombre de las ganaderías. En el tercero bolitas con los días de toros de la feria en cuestión. Fácil procedimiento: se saca la bolita del día a celebrar la corrida. A continuación tres bolitas -o dos si es mano a mano-, de toreros los cuales van a actuar ese día. Por último se saca la bolita de la ganadería. Asunto zanjado. Ya tenemos un cartel justo. Y que conste que no soy intransigente en el orden de salida de las bolitas. Si alguien quiere sacar antes la de la ganadería o la de los toreros no hay problema. El orden de los factores no altera el producto. Ni qué decir tiene que dicho sorteo sería extensible a las novilladas y corridas de rejones.
Y ahora me diréis: ¿Y qué toreros y ganaderías se incluyen en dichos bombos? ¿Todos los del escalafón? Evidentemente no. Yo particularmente incluiría a los cincuenta primeros del escalafón y a un número similar de ganaderías. En una feria larga como puede ser Madrid, no incluiría a un torero más de una tarde. Con las novilladas y corridas de rejones ídem de lo mismo.
¿Utopía? Seguro. ¿Tauromaquia de lo absurdo? Pues también. ¿Que esto no se va a hacer nunca? Por supuesto. Pero aún así no estaría mal que a algún que otro empresario se le iluminara la bombilla y aunque no desarrollara esta idea tal cual sí que al menos se le aproximara. Y es que un mamporrazo en Madrid como los que pega Manolo el del bombo en los campos de fútbol lo puede pegar cualquier torero preparado, sea el líder del escalafón o haya toreado sólo dos corridas en una temporada.
Repito que esta es otra de mis muchas utopías. Y repito que cualquier parecido con la realidad siempre será pura coincidencia

jueves, 2 de febrero de 2017

El reparto...

Segunda parte de mis sueños utópicos: el reparto de los dineros. Si en mi anterior artículo defendía la idea de que la Tauromaquia fuera un espectáculo autosuficiente económicamente hablando -tanto para no recibir de la Administración como para tampoco dar a la misma-, ahora rizo más el rizo y vuelo aún más alto.
Y es que en esa misma línea de la autosuficiencia, pienso -utópicamente claro-, que todos los estamentos taurinos deberían repartir sus honorarios en función del único y exclusivo ingreso de la taquilla del festejo en cuestión. Y cuando hablo de estamentos taurinos me refiero a todos: empresario, toreros y ganaderos. Tanto los de arriba como los de abajo. Más o menos lo que viene siendo el moverse según la oferta y la demanda.
No creo en los cachés. Sí, en esos que se imponen muchos integrantes de este espectáculo. Cachés desorbitados a los que pocas empresas pueden hacer frente sin que haya pérdidas. Siempre he pensado que el dinero que ganan los toreros y los ganaderos es poco comparado con el sacrificio constante de estar jugándote la vida cada tarde o el estar cuatro años criando a un toro con todo el mimo del mundo respectivamente. Pero la realidad es otra. La realidad es bien distinta y hay que adecuarse a ella.
Por tanto no me canso de repetir que se debería cobrar según lo que se genere. A más público más dinero para los componentes del espectáculo. A menos público e interés meno dineros para todos. Eso sí: como decían los toreros antiguos, que por otra parte lo hacían y por tanto predicaban con el ejemplo, el último céntimo siempre para el empresario, porque esto va a permitir que se puedan realizar en el futuro más espectáculos taurinos en el mismo sitio o en otros. Si el que monta todo este tinglado al final se queda tieso, malamente se va a poder hacer nada en un futuro. Algo que por otra parte y por desgracia hemos visto muchas veces.
Todo es tan fácil como repartir el pastel en partes iguales y así todos tan contentos. O no claro, según lo que haya en el tendido. Pero eso ya depende del ingenio del que monte esto y del interés que generen tanto ganadería como toreros anunciados. Entiendo que las figuras del toreo no quieran ir nada más que a sitios grandes. Plazas grandes, pueblos grandes. Siempre lo han hecho. Y lo han hecho porque a más gente más probabilidad de ganar más dinero. No pido con esto que esas mismas figuras vayan a pueblos pequeños porque eso no va a ocurrir. Pido que sigan yendo a esos pueblos medianamente grandes -que los hay y muchos-, porque en gran parte en sus manos está salvar la Fiesta de la desaparición en muchos sitios. Los grandes toreros de la historia han ido a esos pueblos. Y se notaba. Si había que cobrar menos que en las plazas de relumbrón no pasaba nada. El fin justificaba los medios.
Repito que en estos tiempos tan críticos para la Tauromaquia no creo en los cachés desorbitados e injustificados. Y repito también que toda esta parrafada forma parte de mis sueños utópicos. No tienes por qué creerlo. Para el que aún así lo siga dudando, he de decirle que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia...  

miércoles, 18 de enero de 2017

Predicar con el ejemplo...

Las subvenciones. La eterna disputa de las ayudas a la celebración de los espectáculos taurinos. Uno de los temas que más en cara nos echan los detractores de la Fiesta y de cuyo asunto no nos podemos defender. O simplemente no queremos.
Parto de la base de que estoy en contra de las ayudas municipales a cualquier tipo de evento social. Creo en la independencia de las cosas y en la fuerza o no fuerza que pueda tener un acto para atraer al público. Siempre he pensado que ese es el auténtico termómetro del interés general hacia algo en concreto.
A los taurinos se nos llena la boca de decir que la Tauromaquia no recibe subvenciones. Que no recibimos un euro para organizar festejos taurinos. Que vamos por el desierto solos y sin cantimplora. Parece que esa es la mejor forma de convencer a los antitaurinos de que con su dinero -y con el nuestro-, no pagamos un espectáculo que hoy en día pasa sin duda por uno de sus peores momentos. Nos gusta más decir que la Tauromaquia genera un montón de ingresos económicos a las arcas estatales en concepto de IVA y Seguridad Social. Eso por no citar la cantidad de puestos de trabajo relacionados directa o indirectamente con la Fiesta y el mantenimiento de un inmenso patrimonio natural como es la dehesa. Eso sí es cierto como que hoy hace un frío que pela. Lo otro no tanto...
No podemos decir que somos autosuficientes y que no necesitamos dinero de las administraciones estatales o municipales cuando todos los que estamos un poco metidos en esto sabemos sobradamente que lo primero que hace un empresario cuando quiere gestionar una determinada plaza es preguntar cuánto dinero le va a dar el Ayuntamiento en cuestión para la celebración de X espectáculos taurinos. Tal cual. Y eso no es todo. Si dicha empresa considera que el Ayuntamiento en cuestión no le da suficiente dinero se va con la música a otra parte. Eso no es así señores. Esa no es la manera de actuar. Y si actúan así luego no digan que somos autosuficientes y que la Tauromaquia no pide ni recibe un euro de ningún tipo de arca pública.
Seamos autosuficientes de verdad. Mantengámonos por nosotros mismos. Señores empresarios. Comisiones taurinas: hagan carteles atractivos y pongan precios al alcance de todos en cualquier sitio y verán como el público responde y llena las plazas. Y si aun así la gente no acude empecemos entonces a pensar que realmente tenemos un problema. Pero hasta entonces no. No tiremos la piedra y escondamos la mano. No pidamos con la boca pequeña y con la grande digamos que no hemos pedido nada. Eso sí: si no hay dinero público para los toros que tampoco lo haya para organizar conciertos u otro tipo de actividad cultural equiparable a los festejos taurinos. Porque estos, querido antitaurino, son otra más de las muchas manifestaciones culturales que hay en nuestro país. Les guste más o menos. Que el Ayuntamiento o la empresa en cuestión trabaje por ofrecer espectáculos atractivos a precios aceptables. Ya entonces que sea la gente la que elija qué quiere y qué no quiere ver.
Y para que todo fuera perfecto, sólo faltaría que el artista en cuestión -sea del tipo que sea-, cobrara según el interés que genera. Pero esto ya es más utópico y necesitaría de un nuevo y peliagudo artículo seguro no exento de polémica. Y es que uno a veces se aburre y le gusta pensar en imposibles...

sábado, 7 de enero de 2017

Encerronas 2.0.

Vengo observando últimamente que se están celebrando demasiadas encerronas en solitario. Ya sabéis: un torero y seis toros. Casualmente, la práctica totalidad de ellas son benéficas.: banco de alimentos, Asociación contra el cáncer, etc... Quede claro de antemano que no tengo nada en contra de las organizaciones que luchan por los intereses de los muchos y muy diversos colectivos cuya labor social está más que contrastada. No son ellos el objetivo de este artículo.

Me refiero al quién, al cómo, al cuándo y al dónde. Me explico: casi todas esas encerronas benéficas a las que me he referido anteriormente las han protagonizado toreros o novilleros en una situación taurina no muy agraciada. Los típicos chavales que no ven un pitón desde hace mucho tiempo y que la única manera que tienen  de llamar la atención del aficionado y del taurino es montando una corrida benéfica. Algunas de esas encerronas a las que hago referencia y que he podido ver en los últimos meses han dado más pena que gloria. Y todo porque el torero que lleva sin torear ni se sabe el tiempo no va a resolver su carrera en una tarde con seis toros. Es más, la puede hundir todavía más.

Muy poco aforo en los tendidos, ganado de deshecho, el chaval en cuestión que queda en evidencia cuando le sale algún animal que pide los papeles, cuadrillas que dejan mucho que desear... Y así un sinfín de aspectos negativos que hacen que la tal encerrona benéfica diste mucho de ser un espectáculo digno. Para qué vamos a meter más el dedo en la llaga.

Hasta hace no mucho tiempo las encerronas tenían un sentido: el típico novillero con proyección y ambiente que iba a tomar la alternativa en unos días y que se despedía del escalafón inferior matando seis novillos, el matador de toros que estaba en boca de todos y quería dar un puñetazo definitivo en la mesa, el torero que hacía una extraordinaria temporada y la quería refrendar matando seis astados en una plaza de relevancia... Cosas por el estilo. Curiosamente pocas o ninguna de esas encerronas importantes eran benéficas. Repito por si te queda alguna duda: no tengo nada en contra de las causas benéficas. Lo que sí estoy en contra es del giro que ha tomado el sentido de las encerronas. De tener importancia a no tener ninguna.

Y digo ninguna importancia por dos motivos principalmente: uno que en estas encerronas modernas no queda casi nada de dinero para la causa benéfica en cuestión. Porque recordemos que los espectáculos taurinos benéficos tienen gastos y muchos. Muy pocos de los que actúan lo hacen gratis. A veces tan sólo el pobre chaval que se viste de oro. Y otro motivo es que aunque triunfes en tu odisea, no te va a valer para nada. Los portales te dedicarán una breve reseña y mañana nadie se acordará del esfuerzo que has hecho. Eso sí, como fracases y encima te vean en televisión estás muerto. Vamos, ruina segura lo mires por donde lo mires. Económica y profesional en casi todos los casos.

A lo que voy: estas encerronas de hoy en día se están haciendo más por promocionar la carrera de tal o cual torero que por la causa benéfica a la que vaya dirigida la encerrona en cuestión. Así lo pienso y así lo digo. Y si no a las pruebas me remito. Además y, al hilo de lo dicho anteriormente, ninguno de los toreros que se han anunciado con seis toros últimamente ha salido de su precaria situación taurina. Y si no a las pruebas me remito.

Por tanto, cuidado. No desvirtuemos la importancia de las encerronas en solitario. Está claro que todas no van a ser como aquella mítica de Joselito el 2 de mayo de 1996 en Las Ventas o la reciente de José Tomás en Nimes. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Pero en el término medio está el secreto. Un termino medio bueno y con sentido. Elegante. Digno. Solvente. Y es que en esto como en todo en el toreo, hay que dar y darse importancia.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Dámaso, el grande...

Siempre he sido muy de Dámaso González. Reconozco que me costó entrar en su tauromaquia. En mis primeros años de aficionado, cuando apenas contaba con diez primaveras y empezaba a fijarme en esto de los toros, siempre veía en Dámaso a un torero desaliñado, sin mucha planta precisamente de torero, pequeño y de movimientos poco estilizados. Pero el tiempo siempre acaba poniendo a cada uno en su sitio y a mí Dámaso me puso en el mío. Fue aquel inolvidable 2 de junio de 1993 en Las Ventas de Madrid, en la corrida en la que el diestro albaceteño compartió cartel con Luis Francisco Esplá y Oscar Higares con toros de don Samuel y doña Manuela Agustina López Flores. Aquella tarde ví a un hombre pequeño templar y mandar sobre dos toros de imponente alzada y pavorosos pitones. Le vi templar como a nadie había visto antes en mi vida. Le ví meterse entre los pitones de Pitero, aquel torazo de Samuel que hizo cuarto y que le sacaba una cabeza al enjuto torero de Albacete. Cómo no sería aquello que a pesar de matar fatal a aquel toro, el público de Madrid le dió una oreja. Una oreja merecidísima que sabía a despedida, ya que Dámaso se retiraba de los ruedos aquel año, aunque después volvería de nuevo. Y dirán ustedes que por qué les cuento esto. Muy sencillo. Hace unos días se le concedía a Paco Ojeda el primer Premio Nacional de Tauromaquia. Quede claro desde aquí que me parece muy bien que se lo hayan dado al torero de Sanlucar de Barrameda, por su gran trayectoria y su magnífica aportación a la Tauromaquia. Pero parece ser que a mucha gente se le ha olvidado que antes de Paco Ojeda estaba Dámaso González. Se ha dicho que el premio a Ojeda ha sido porque revolucionó la Tauromaquia en su momento, gracias a que acortó las distancias entre toro y torero, creó lo que se denominó y se denomina el "parón" y puso de moda el toreo encimista de corta distancia. Sí. Ojeda practicó esa tauromaquia en el momento de mayor esplendor de su carrera. Pero es que eso ya lo venía haciendo Dámaso mucho tiempo atrás. Tanto que el torero de Albacete había sido el primero en hacerlo. De echo, Paco Ojeda ha reconocido en varias ocasiones que bebió de las fuentes del "damasismo" para configurar su tauromaquia. Incluso el maestro Antoñete llegó a decir alguna vez que su toreo mejoró sobremanera a raiz de ver el simple y único movimiento de giro de cintura entre muletazo y muletazo que realizaban Dámaso y Ojeda. Porque Dámaso, aparte de inventar el toreo de cercanías, fue de los primeros que empezaron a ligar los muletazos sin apenas movimiento entre ambos. Pero a Dámaso no se le ha reconocido lo suficiente todas sus aportaciones a la Tauromaquia. Estoy convencido de que si hubiera nacido en Madrid o Sevilla en los años 20, ahora estaría al nivel de los mismísimos Joselito y Belmonte e incluso por encima de ellos. O si por el caso hubiera sido contemporáneo de Manolete, quizás el gran Califa de Córdoba se habría visto superado una vez sí y otra también. Alomejor el problema es que Dámaso es pequeño, humilde, no muy agraciado físicamente y de Albacete. No es andaluz, ni muy estilizado en su figura, ni tampoco se relaciona con la cúspide del toreo. Me da pena que a un torero tan grande como él no se le haya reconocido como se merece y como lo que ha sido en el toreo: un auténtico revolucionario. Un auténtico precursor de una forma de entender el toreo que luego han seguido muchos toreros hasta la actualidad, Ojeda incluido. Dámaso ha sido probablemente el torero con más valor que ha habido en el toreo, junto con José Tomás.Y no lo digo yo, que lo pienso así a pesar de que no soy nadie en el toreo, sino muchos que saben más de toros y que han visto muchos más toreros que el que aquí escribe. Pero Dámaso es Dámaso y nunca se las has ha dado de nada. La humildad ha sido su mejor amiga y aliada durante toda su vida y quizá eso ha sido lo que le ha mantenido al margen de todo y de todos. El día que se retiró definitivamente de los ruedos se fue a su sitio de siempre, a su Albacete, a su pequeña finca a las afueras de la ciudad. Y ahí empezó una vida junto a lo que más ha querido: su familia y los toros. Raro es verlo en una plaza, salvo en su Albacete y en la Feria de Septiembre. Año tras año ocupa su barrera del 2, muy cerca del burladero de matadores y año tras año un sinfín de matadores y novilleros brindan sus faenas al maestro. Por algo será. Supongo que a él, como a mí, le quedará el consuelo de que los que realmente saben de esto, los que se han puesto y se ponen delante de la fiera cada tarde y se juegan la vida, reconocen su enorme valía y sus méritos como gran figura del toreo que ha sido. Con todos mis respetos hacia el maestro Paco Ojeda, ese premio debería haber sido para usted maestro. Pero ya no importa. Los que le hemos admirado y le seguimos admirando no necesitamos de premios para reconocer su enorme valía, tanto dentro como fuera de la plaza. Será difícil que alguien iguale algún día todas y cada una de las virtudes que usted ha atesorado. Y digo difícil por no decir imposible...

A continuación me he permitido el lujo de transcribir la crónica que de aquella tarde de junio de 1993 escribió el gran crítico taurino de El País Joaquín Vidal. Y lo he hecho porque emociona cómo alguien de la categoría periodística de Vidal habla del maestro Dámaso González sin tapujos y sin pelos en la lengua, emocionándose él mismo y emocionando a los lectores,  reconociendo lo que muchos llevaban gritando una eternidad. Chapó por Joaquín y chapó por Dámaso en aquella tarde histórica del San Isidro del 93. Que la disfruten...

JOAQUÍN VIDAL
Dámaso González brindó el cuarto toro al público a modo de despedida, pues es el último que toreará en la feria de San Isidro. Quizá también sea el último que torea en Madrid. El fundador del toreo contemporáneo dice adiós y deja que la torería en masa desarrolle sus enseñanzas. Pero sin que él lo vea. Pues debe de ser duro contemplar cómo unos hacen lo que llaman el parón, otros se ponen a empalmar pases de pecho, aquel va de maestro, este de profesional, todos labran fortunas, y resulta que no pasan de ser un burdo plagio del toreo que inventó el señor don Dámaso, sin darse tanta importancia ni llevarse la caja de los cuartos.
Toreaba don Dámaso al primero de la tarde -una hermosura de toro, un espectáculo en sí mismo, trapío que no lo superaría la Nao Capitana con su velamen desplegado al viento; torazo cuajado, enmoriillado y hondo, lustroso en su pelaje castaño chorreao, por delante par de astas pavorosas-; toreando se lo pasaba don Dámaso para acá y para allá, igual de tranquilo que si fuera la becerrita, y decía la afición que lo hacía fuera de cacho, que metía el pico. Y era verdad. Pero esa es la escuela donde ha aprendido la inmensa mayoría de los toreros. Algunos han llegado a hacer del toreo de don Dámaso un calco, y la única diferencia apreciable sería que son más altos, más rubios y más con los ojos azules.
Lo único que no han conseguido copiarle es el toro. O sea hacerle al toro de presencia y potencia el toreo que inventó don Dámaso. Su última lección en la feria de San Isidro la dictó, precisamente, a un toro así; un torazo que dibujó Daniel Perea para La Lidia -aquella revista de los tiempos heroicos del toreo, jamás superada-, y se había escapado de la lámina para venir a este fin de siglo, sentar sus reales en el ruedo de Las Ventas y poner una nota de anmacronismo en el toreo contemporáneo.
El toreo de hoy con el toro de ayer, ¡calla, corazón! ¿Se puede entender eso? Pues sí, se puede entender viendo al veterano maestro, pequeñito y desastrado, cruzarse ante la fosca cara del torazo que rebufaba altivo echándole el aliento por encima del flequillo. Y luego le presentaba la muletilla obligándolo a humillar y pasar, el buido pitón rozándole los alamares. Y si el toro se resistia a embestir, lo retaba metido en su terreno, -excitaba su fiereza imprimiendo un movimiento pendular a la pañosa, que el toro seguía, sus astas inmensas oscilando de lado a lado, con el torero chiquitín en medio. Fue impresionante.
La corrida entera. tuvo gran emoción por los torazos que saltaron al redondel y por la valentía de los toreros. Toros mansos, de los que huyen despavoridos al sentir el castigo; toros corretones, de los que galopan espantadizos. Algunos espectadores tomaban por bravura sus arrancadas súbitas, cuando se trataba, en realidad, de la típica reacción de los toros mansos. Ven de lejos el enemigo y se lanzan a por él furiosos, pero al tenerlo cerca les entra el miedo en el cuerpo y escapan alocados. Le ocurrió a Esplá en el quinto, que se le arrancaba de parte a parte de la plaza, posiblemente porque lo creía desarmado y desasistido, y entonces el torero aceptaba el ataque, le ganaba la cara, prendía el par de banderillas y salía de la suerte andandito, en tanto el toro acusaba el castigo y buscaba el refugio en otros pagos.
Un alarde de facultades, mas también de conocimiento de los toros y de los terrenos desplegó Esplá en ese tercio de banderillas. Sólo que las enganosas reacciones del toro equivocaron al público y tomándolo por bravo -cuando en realidad desarrollaba traicionera mansedumbre- minusvaloró el trasteo dominador que le dio el diestro.
Hubo toros mejores. Por ejemplo el segundo, cuya nobleza estuvo por encima de los derechazos desligados que le instrumento Esplá. O el tercero, boyantón, aunque muy dificultoso pues no paraba de gazapear. Óscar Higares consiguió quitarle el vicio por el procedimiento de ejecutar un toreo muy hondo y muy serio. Sus tandas de naturales, largos y templadísimos, provocaron clamores, y aún se permitió el lujo de desplegar toda la teoría del ayudado en su versión más pura. Estuvo a punto Higares de salir por la puerta grande, y lo hubiese conseguido, seguro, si no llega a precipitarse en el sexto toro, al que quizá por este motivo ya no templó.
Todo el mundo lo lamentaba, porque esa habría sido la mejor rúbrica al gran espectáculo que constituyó la corrida entera. Una corrida, además histórica, en la que había dictado su última lección magistral el fundador del toreo contemporáneo. Aunque, quién sabe: quizá el día menos pensado vuelva. Y se ponga otra vez delante de un torazo pintado por Daniel Perea, y reemprenda las clases con aquel famoso "Decíamos ayer...".


viernes, 9 de diciembre de 2016

La delgada línea...

Entre ser un periodista o un aficionado irracionalmente exigente y ser antitaurino hay una línea muy delgada. Y si no decirme en qué se diferencian dos personas para las que nada de lo que se hace en el ruedo o en los despachos está bien y que encima quieren y desean que la Fiesta se acabe. Porque estoy convencido de que muchos de esos aficionados hipermegaexigentes firmarían mañana mismo para que se acabara esto. Y todo por no ver jamás a los ocho o diez toreros y ganaderos que están ricos y que mandan en esto. Y por supuesto a los empresarios que parten el bacalao y que a todas luces tienen la culpa de todo.
Cuando un periodista taurino o un aficionado se sienta frente al ordenador a escribir la crónica de una corrida está sólo ante el papel digital. Y en esa soledad no hay nadie que le frene. Se siente libre de escribir lo que le dé la gana. Es entonces cuando puede salir lo mejor o lo peor del susodicho porque entre otras cosas va a hablar de otras personas.
Cuando un periodista taurino o un aficionado se sienta frente al ordenador a escribir la crónica de una corrida lo más sencillo es ser subjetivo. Extremista. Dejarse llevar por sus gustos particulares. Por sus amistades con tal o cual ganadero. Con tal o cual torero. Lo fácil en ese caso es descargar toda tu rabia acumulada por tal o cual circunstancia en el torero de turno. Y digo torero porque normalmente estos suelen ser el blanco de todas las críticas habidas y por haber. Rara vez esa rabia se dirige contra un ganadero. Los toreros en general son los que mataron a Manolete.
Estoy cansado de leer que todo está mal. Que todas las ferias han tenido un balance negativo. Que estamos en caída libre. Y estoy cansado de leer todo eso porque es mentira. Por suerte o por desgracia veo muchos espectáculos taurinos. Veo ferias en directo y por televisión y no todo es tan negro como mucha gente se empeña en decir. Es muy rara la ocasión en la que en un espectáculo taurino no veo algo positivo. También negativo, está claro. Pero no me quedo sólo con lo peor. Lo malo lo digo, evidentemente, pero intento hacer crítica constructiva desde el respeto. Quizás sea una cuestión personal. La de ver el vaso medio lleno o medio vacío. Y ahí amigo entras tú y tus circunstancias.
Lo fácil al escribir o al hablar de toros -y de la vida- es ser radical. Negativo. Todo está mal, y como todo está mal lo voy a decir de la peor forma posible. Hay que ser extremista para llamar la atención. Para que quien nos oiga diga: "oh, qué crítico, cuánto sabe de toros". Y es que a las personas que no tienen ningún criterio ni en los toros ni en la vida, lo que les gusta es oír hablar negativamente de todo y si es de forma radical mejor. Para ellos todo está mal. Pero que lo diga otro porque yo no me atrevo.
Qué difícil es ser objetivo en cualquier aspecto de la vida. Y en esto de los toros más todavía. Cuánto nos cuesta reconocer las cosas. Qué pronto nos dejamos llevar por los traumas de la infancia y por los complejos que todos tenemos para atacar al que se ponga por delante. Para desahogarnos del peso que nos corroe día a día. Eso sí, toda esa mierda que tenemos en nuestro interior y que sacamos hacia fuera constantemente cuando nos sentamos a escribir tiene que ir dirigida no a cualquier persona. Esa mierda tiene que ir hacia quienes son más que nosotros. hacia quienes tienen mucho más dinero que nosotros. Hacia quienes hacen lo que nosotros nunca seríamos capaces de hacer: ponerse delante de un toro y jugarse la vida. Porque no te confundas amigo. Ante lo que hacen los ganaderos en el campo y los toreros en la plaza sólo hay dos formas de reaccionar posibles: con admiración o con envidia.
Hay que ser crítico. Exigente. Pero ante todo objetivo. Repito: objetivo. Lo sé. Es lo más difícil. Pero se puede lograr. Si una Feria ha tenido cosas negativas se dice. Pero si ha tenido aspectos positivos se dice también y no pasa nada. Se me viene a la cabeza la recién concluida Feria de Albacete. ¿Ha habido fallos? Sí. ¿Ha habido aciertos? También. ¿Ha habido interés? Por supuesto. Si no la gente no hubiera ido en masa a la plaza día tras día. ¿Que ha bajado el toro los días de la presencia de las figuras del toreo? Sí, como baja en la práctica totalidad de las plazas donde se anuncian. Pero este hecho no es motivo para decir que todo está requetemal y que para esto mejor que no haya nada. Por ese pitón yo al menos no tengo ni uno. Por si acaso, a mí siempre me gusta recordar que cualquier toro, repito, cualquier toro, puede ocasionarle al que se pone delante un amplio abanico de desgracias.