miércoles, 15 de noviembre de 2017

Nos lo deben

Culpo a los dos. A ambos. A Ponce y a José Tomás. A José Tomás y a Ponce. Nos han robado un trozo de historia del Toreo. Un trozo que podríamos haber disfrutado como nada en este mundo. Un enfrentamiento entre dos de los toreros más importantes de todos los tiempos. Algo difícilmemte perdonable a dos hombres que podrían haberle metido un buen chute de energía a esta Fiesta nuestra que cada día adolece más de interés.
Dicen que fue a partir de una tarde en la Aste Nagusia de Bilbao del año 1998. Aquella tarde de agosto iban a compartir cartel Ponce y José Tomás con una corrida de Atanasio Fernández. Pero de repente el de Galapagar se cayó del cartel. No se dieron demasiadas explicaciones y las que se dieron fueron poco creíbles. A partir de aquel día no torearon juntos ni una más. Hasta hoy. Hasta nunca, diría yo. Por contra, a lo que sí que se dedicaron fue a cultivar una enemistad que tristemente cada vez se ha hecho más grande.
Todo el mundo sabe la opinión que uno tiene del otro. Para Ponce, José Tomás es un torero torpe. Para José Tomás, Ponce es un torero que entiende y hace el toreo con el mínimo riesgo posible. Que arriesga poco. Que torea casi con mando a distancia. Y así lo han expresado ellos mismos en varias ocasiones. En el último año se han recrudecido los vetos entre ambos. Valladolid en la temporada pasada y Méjico en esta, han vuelto a poner de manifiesto que no se quieren ver ni en pintura. O al menos uno de los dos al otro según quien cuente la historia.
Los partidarios del de Galapagar dicen que Ponce fue el primero en vetar a raíz de aquella tarde de Bilbao. Los partidarios de Ponce dicen que fue José Tomás el que comenzó a vetar al torero de Chiva cuando tuvo la fuerza suficiente para hacerlo. Nadie tiene la verdad absoluta. Nadie sabe la verdad absoluta. Y los pocos que lo saben callan.
A pesar de todo lo que unos y otros digan, la verdad es que uno de los toreros con los que más ha toreado José Tomás es precisamente con Ponce -especialmente entre los años 1996 y 1998-. Pero aquello duró muy poco. Demasiado poco. Los más avezados dicen que hoy en día un cartel con ambos colosos sería un reventón en la taquilla. Que con diez o doce enfrentamientos por temporada entre ambos se salvaba esto. Que parece mentira que no piensen en el dinero que ganarían toreando juntos. No dudo de ello. Sin embargo, lo que no tengo tan claro es de si habría algún empresario dispuesto a pagar a ambos toreros lo que cobran. Especialmente a José Tomás. A buen seguro que lo que sería bueno para la Fiesta sería malo para los bolsillos de los que se juegan sus dineros. Y por eso muchos no pasarían. Es más, algunos ni se lo plantearían.
A pesar de todos los impedimentos, tanto personales, profesionales como económicos, sigo pensando que ambos toreros nos deben mucho a los aficionados. Que nos han robado una época gloriosa del Toreo. Que nos la están robando. Un espectáculo que no habría tendido parangón hoy en día, que es precisamente cuando más se necesita. Lo que hubiera pasado luego en el ruedo ya es otra cosa. Seguramente unas tardes Ponce habría destrozado a José Tomás y otras hubiera sido al revés. Eso siempre ha pasado con los grandes enfrentamientos entre las más grandes figuras del Toreo de todas las épocas.
Se me hace muy difícil imaginar vetos entre Cuchares y Chiclanero, El Tato y El Gordito, Lagartijo y Frascuelo, Bombita y Machaquito, entre Joselito y Juan Belmonte, entre Manolete y Arruza. Es inimaginable. Hoy sin embargo está pasando entre dos de los toreros más importantes de todos los tiempos. Una auténtica pena para el aficionado que ojalá, a no mucho tardar, se solucione pronto. Y es que el tiempo no corre precisamente a favor de sendos toreros. Sinceramente yo no soy optimista en ese sentido, pero animo desde aquí a los que sí lo sean. Total, de ilusión también se vive.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La diferencia

De todos es sabido que Francia es un ejemplo en lo taurino. Y es que en el país galo las cosas se suelen hacer mejor que aquí. Sobradamente sé que con esto no estoy diciendo nada nuevo. Se ha repetido hasta la saciedad. Es vox populi. Pero mi intención es ir un poco más allá. Y ese más allá se llama respeto por todo lo que envuelve a la Tauromaquia. Y cuando digo todo es todo.

En Francia manda la afición, cosa que aquí no ocurre. Salvo excepciones puntuales, ellos son sus propios empresarios. Y se nota. Vaya si se nota. Lo primero en el toro. Y después en todo lo demás. Pero si por encima de todo hay algo que caracteriza a la afición francesa, eso es, como digo, el respeto. Por el toro, por el torero, por su propia afición, por sus plazas, por la defensa de la Fiesta... Algo que inevitablemente te lleva a la comparación. Y en esa comparación, querido lector, salimos perdiendo por goleada.
Hay dos factores por encima de todo que son intocables para la afición francesa: el toro y el torero. El torero y el toro. El respeto por ambos. La consideración por ambos. En nuestro país sin embargo eso no es así. Al toro se le respeta en pocos sitios y al torero en casi ninguno. Y no hay más que darse una vuelta por las principales y no tan principales plazas de toros de nuestra geografía para darse cuenta de ello. Sin embargo en Francia todo es de otro color. Lo primero el toro: lo más importante. Su presencia, su integridad. Su seriedad. Pero luego el torero. La certeza de que el que está ahí abajo también es protagonista. De que ese hombre se está jugando la vida de verdad. El respeto a la persona. Al que se viste de oro pero también, y mucho, al que se viste de plata. En Francia se le exige al torero pero también se le respeta. Y se le respeta con una sutilidad y delicadeza admirable. En España, como no, también se le exige pero no se le respeta de la misma manera. Como si ese oficio de ser torero fuera cualquier cosa. Y todos sabemos que no es así.
Francia es un ejemplo en todo. En lo que ya sabemos y en lo que no. En la forma de confeccionar sus ferias. En el respeto al toro. En el trato a los toreros. En la consideración a su propia afición. A la importancia que esta tiene en el devenir de su Fiesta. Suena a tópico, lo sé. Pero nunca un tópico fue tan verdadero. Francia es un ejemplo y debemos seguirlo porque es beneficioso para nuestra Fiesta. Y debemos seguirlo en todos los aspectos. Queramos la Fiesta como ellos la quieren. De lo contrario, en no mucho tiempo, tendremos que viajar hasta allí para ver un espectáculo digno en toda su expresión. Lástima que esté tan lejos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Gracias Antonio

Hoy quiero hablar de Antonio Ferrera. Pero no del Ferrera torero. Quiero hablar del Ferrera persona. Del ser humano que lleva dentro. De su espíritu. De su sensibilidad. Y quiero ser bueno y breve. Como sus mejores faenas...

Y es que escuchar hablar últimamente a Antonio Ferrera se ha convertido para mí en un acto casi de fe. En algo místico. En algo que te transporta a otra forma de vida y que te hace ver que siempre hay algo más allá del sucio cemento que pisamos día a día. Que otra forma de sentir es posible. Que otra forma de ser es posible.
Esa pausa. Esa forma de hablar con el corazón. Con el alma. Esa forma de desgranar sus faenas y sus sensaciones delante de la cara de los toros con delicadeza, con pausa y temple. Esa misma delicadeza, pausa y temple que usa cuando coje los avíos y muestra su verdad ante la fiera.
Cuánto te hemos echado de menos estos casi dos años que ha durado tu ausencia Antonio. Cuánto hemos echado de menos esa forma de sentir. Esa sensibilidad. Esa que siempre fue un huracán pero que ahora ha vuelto más brisa que nunca. Y así estás toreando tarde tras tarde Antonio: con esa brisa. Con el alma desnuda de tu cuerpo. Con la delicadeza de tus muñecas sublimes.
Porque todo en ti es delicadeza Antonio. Porque todo en ti es seda. Porque no existe la brusquedad ni la violencia. Porque todo es temple y nana. En la palabra y en la plaza. Porque vives en un mundo aparte donde todos deberíamos vivir. Porque este mundo loco y abrupto es para los demás. Para los que no sienten. Para los que no se emocionan.
Gracias por volver como has vuelto Antonio. Gracias por volver así dentro y fuera de los ruedos Antonio. Por enseñarnos el camino a tantos que no acabamos de encontrarlo por más que nos empeñamos en buscarlo. Por regalarnos esa serenidad. Por regalarnos ese toreo. Ese que siempre ha sido eterno. Ese que no morirá nunca, como el alma de los que sienten puro...

viernes, 6 de octubre de 2017

El hombre de la sonrisa de oro

No recuerdo la plaza. Tampoco el año. Era un niño. Un niño con pocos años. Sí recuerdo que ya me gustaban los toros. De echo, y, aunque no había ido todavía a casi ninguna plaza de toros excepto la de mi pueblo, veía con pasión cada corrida que retransmitían por Televisión Española. Un día, de repente, aparecieron varios toros grises en una de aquellas corridas que veía con tanto entusiasmo. Y uno tras otro fueron captando mi atención de menos a más, como las buenas faenas. Sí que recuerdo que uno de los toreros de aquella tarde fue Francisco Ruiz Miguel, que por cierto estuvo sensacional con la corrida. Y me acuerdo de él y no de los otros dos toreros por la sencilla razón de que como he dicho, aparte de cuajar una gran tarde de toros, aquella cara y aquella forma de hablar del torero de San Fernando se quedaron grabadas en mi mente para los restos.
 
Como digo, toro tras toro de aquella lejana corrida, me hicieron clavarme a la silla y no levantarme ni para ir al baño. Aquella tarde, cuando acabó dicha corrida, me di cuenta de que algo había pasado. Algo distinto a lo que otras veces había pasado. Esa tarde no me había levantado ni una sola vez de la silla, cosa que en otras corridas sí hacía. Había sentido una emoción distinta a la habitual a mi tan corta edad. Había visto seis toros bravos. Había visto la emoción en los tendidos, las fuertes ovaciones a cada toro en el arrastre, la alegría en la cara de los que habían tenido la suerte de presenciar un espectáculo de tamaña importancia.
Recuerdo que en el transcurso de la corrida, de vez en cuando, las cámaras enfocaban a un señor bajito, con poco pelo y grandes orejas. Recuerdo también que llevaba una camisa a cuadros y una americana gris oscura. Fumaba un gran puro que poco a poco se iba consumiendo entre sus dedos. Y era curioso: cada vez que aparecía en la pantalla lo hacía riendo. Riendo de satisfacción. De alegría. Y en el fondo de esa risa sobresalían unas muelas de oro. Yo, como buen niño impresionable a esa edad, alucinaba cada vez que veía esas muelas de oro en aquel señor. "¿Cómo podía ser que un señor tuviera muelas de oro?" -recuerdo que pensé. "Ese señor tiene que ser muy pero que muy importante"-me repetía sin cesar. Y vaya si lo era. Esa misma noche supe quién era aquel hombre de tez ruda y campesina surcada por la dureza del trabajo al frío intenso y al calor despiadado: era ni más ni menos que Victorino Martín Andrés. Y lo era en la mejor etapa profesional de su vida.
Es por ello que hoy he querido relatar mi primer recuerdo de Victorino y de sus victorinos. Mis primeras emociones con los cárdenos. Aquella sonrisa de oro permanente en un hombre que se sabía triunfador en una vida llena de obstáculos y dureza. De niñez entre las bombas de una guerra cruel. De trabajo y más trabajo. De preocupaciones de sol a sol. Desde aquel día los victorinos ya nunca dejaron de emocionarme. Y daba igual: el bueno, el regular, el malo, la alimaña... De todos siempre había algo distinto a todo lo conocido. Algo que hacía y sigue haciendo afición en todo aquel que se deja llevar por las emociones.
Ayer Victorino nos dejó para siempre. Sin embargo, su recuerdo y su legado permanecerán eternamente, salvaguardados por un hijo que sin duda ha sido y es su mejor obra, por encima incluso de sus infinitos logros como ganadero. Descanse en paz, don Victorino. Yo le seguiré recordando con aquella sonrisa permanente en su rostro. Con aquella sonrisa de satisfacción por el trabajo bien hecho. Por la apuesta ganada. Por el triunfo de sus toros. Por el triunfo de la Fiesta. Yo siempre le seguiré recordando con aquella sonrisa de oro. Su sonrisa de oro.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Entrevista a Pablo Aguado

Pablo Aguado es probablemente uno de los novilleros con más clase de los últimos años. Sevillano y con un concepto del toreo que aúna pureza y arte, toma la alternativa en La Maestranza de Sevilla el próximo 23 de septiembre. A escasos días de su doctorado le entrevistamos en Porelpitonderecho.com. Está tranquilo, sabedor de que una nueva y nada fácil etapa comienza. Una etapa que, como bien dice, debe de empezar con un triunfo fuerte el día 23. 

Una alternativa de lujo con Enrique Ponce y Alejandro Talavante y toros de Garcigrande y Domingo Hernández el próximo 23 de septiembre en tu plaza de Sevilla. ¿Una alternativa soñada no?
Por supuesto. Yo creo que somos muchos los que soñamos con una alternativa así, con dos figurones máximos del toreo y en una plaza como Sevilla.
¿Qué sensaciones tienes ante esa tu tarde? ¿Qué esperas de ella?
Espero disfrutarla. Lo primero disfrutarla desde la entrega, demostrando que soy consciente de que volvemos a empezar de cero y de que me tengo que ganar el abrirme paso y camino y que esperemos que esa combinación de ilusión, disfrute y entrega se transmita sí o sí en forma de triunfos importantes.
Un padrino y un testigo de lujo. Dos figuras del toreo. ¿Qué nos puedes decir de ellos? ¿Y de la ganadería de Garcigrande-Domingo Hernández?
Sobre los maestros Ponce y Talavante poco puedo decir yo de ellos que no se sepa. Son dos figurones. La temporada del maestro Ponce, vamos, toda su carrera, pero en especial esta temporada que está echando pasará a la historia del toreo. Y el maestro Talavante es de las figuras que a todos nos vuelve locos como torea. La Ganadería de Garcigrande-Domingo Hernández es una ganadería de primer nivel, una ganadería exigente pero que exponiéndote a ella tiene mucha importancia todo lo que se hace a ese toro y llega rápido arriba.
Como novillero has toreado en prácticamente todas las plazas y certámenes más importantes de España y parte de Francia. ¿Se ha quedado alguna plaza pendiente en la que te hubiera gustado actuar?
Lógicamente no se puede estar en todas las plazas porque somos muchos los compañeros, pero la verdad es que me hubiera gustado conocer alguna que otra plaza del norte como Santander o Logroño, plazas así que tienen una categoría máxima. Pero vamos, que digo esas dos por decirte alguna. No me quejo en absoluto de las plazas que he pisado y me siento un privilegiado por haberlas pisado y haber toreado en ellas y lógicamente en todas no se puede estar.
Si tuvieras que quedarte con una tarde y una faena de tu etapa de novillero, ¿con cuál te quedarías?
Es complicado porque he tenido tardes muy importantes. Quizá y sin ser la faena más perfecta, pero por lo que viví y lo que se vivió en la plaza me quedo con las dos orejas de Bayona en el primer año de novillero.
¿Cómo valoras tus tres temporadas como novillero con picadores?
Ha sido una carrera de novillero que hemos intentado enfocarla desde la paciencia y la tranquilidad para irla haciendo poco a poco, intentando no dejarnos llevar por esa forma actual de los novilleros que queremos tomar la alternativa a la ligera. Hemos querido hacer las cosas poquito a poco y gracias a Dios se ha podido demostrar cómo quiero torear, cómo soy como torero y sobre todo lo que quiero.
Si tuviéramos que nombrar algún novillero con el que hayas sentido más competencia, ¿cuál o cuáles serían?
No nombraría a ninguno en concreto porque he tenido la suerte de torear con muchos y todos de primer nivel. Mi primer año toreé con Ginés Marín Y Roca Rey, que eran las figuras del momento. La temporada pasada toreé mucho también con Luis David Adame, con Andy Younes por Francia y también he toreado varias tardes importantes con Rafa Serna. Todos ellos siempre me han hecho sacar lo mejor de mí.
¿Le temes al parón que suelen sufrir los novilleros cuando toman la alternativa?
Soy consciente de que el parón va a llegar. En mayor o menor medida va a llegar porque a todos les ha llegado, excepto casos muy puntuales como el de Roca Rey, aunque ese caso es muy inusual aunque él mismo se ganó no tener ese parón. Soy consciente de que en la medida en la que ese parón llegue será en función de lo que yo me merezca por mis logros como torero. Y eso empieza por triunfar el día 23 para que ese parón sea el menor posible.
No se si eres consciente de que tienes una legión importante de seguidores prácticamente desde que debutaste con picadores. ¿Qué les dirías de cara a tu próxima etapa como matador de toros?
En primer lugar darles las gracias por haberme aguantado en algunas tardes de desatino (risas). Agradecerles por confiar en mi, en cómo quiero interpretar el toreo y que espero que poquito a poco vayamos cada vez afianzándonos más. Yo les admiro mucho y les estoy muy agradecido.
 
Tan sólo nos queda desearle mucha suerte para tan importante día en su carrera y que siga ilusionando a los aficionados con su toreo, esta vez desde el escalafón de matadores de toros. Por si acaso, no le pierdan de vista. Toreros así merecen mucho la pena.

Malditos sean

Mea culpa. No lo vi. No pude verlo. Mi trabajo, que no es este, me lo impidió. Pero leí. Escuché. Sentí el run run. Cada día más fuerte. Cada día más acusado. "Cómo estuvo ese tío" -me decían por la plaza días después. "De lo mejor de la feria" -me repetían día tras día. Y en mi interior pensaba: "no será para tanto. Es un buen torero, eso lo sabemos todos. Siempre lo ha sido. Y lo ha demostrado. Incluso en Madrid. Pero no será para tanto" -me repetía en mi interior a modo de auto alivio. No quería pensar que me había perdido algo tan importante. 

Había visto fotografías, escuchado comentarios, visto caras de alegria de aficionados que sabidos de mi gusto por el toreo artístico me intentaban explicar, incluso toreando de salón, cómo había estado Andrés Palacios. Pero yo seguía sin creer que podría haber sido para tanto. Hasta que el tiempo, la memoria y la recién acabada Feria de Albacete me permitieron tener una hora libre, sólo una hora libre, para poder ver la actuación de Palacios el pasado día 8 de septiembre en la plaza de toros de Albacete. Y me maldije por no haber estado.
Lo que pudieron ver mis ojos se resume en palabras sueltas porque no hay un hilo que las pueda unir coherentemente. Y es que el toreo que hizo palacios no se explica con frases hechas. Se siente ante todo y cuando se intenta contar sólo salen palabras sueltas: pureza, torería, elegancia, arte, chispazo, sensibilidad, Toreo... Y así muchas más de ese estilo. Y es que no pudo estar mejor con dos toros que por si fuera poco apenas colaboraron para hacerles lo que les hizo. Pero ahí quedaron sus caricias con capote y muleta, su figura relajada y rota, sus muñecas de cristal, sus naturales de ensueño al cuarto toro de la tarde, sus remates para el que los quisiera ver, su estar y no estar, su aroma a torero grande. Hacía mucho tiempo que no se veía torear así en Albacete. Hacía mucho tiempo que no se veía un torero así en Albacete. Yo al menos no.
Andrés Palacios tiene treinta y cinco años y un toreo secuestrado durante un montón de primaveras. Alguien, no sabemos quién, nos ha privado de este torero. Maldito sea quien o quienes lo hayan hecho. Y malditos sean porque siempre se ha sabido lo distinto de este torero. Todos lo hemos visto. Pero no se le ha dado lo que merece. Ni siquiera en su querida plaza de Albacete, en cuya Feria llevaba sin actuar desde 2010.
Horas después de su soberbia actuación en su plaza, su banderillero Víctor Hugo Saugar "Pirri" subía a las redes sociales una foto de Andrés acariciando con la mano izquierda la embestida del de La Quinta. La fotografía hablaba por sí sola, pero además, iba acompañada por un texto breve. Breve como las buenas faenas: "que no se pierdan estos toreros, por Dios". Palabra de torero. De torero a la vulgaridad de lo que nos rodea. De torero a los ciegos e incrédulos. De corazón y de mente.
Hay cosas con las que no se juega. Con las que no se ha jugado nunca. La sensibilidad, la pureza y el arte no entran en el juego. En ningún juego. Malditos sean los que nos privan de toreros como Andrés Palacios. Ayer ahora y siempre.


jueves, 31 de agosto de 2017

Hasta siempre, Maestro

Me resulta muy difícil hablar del Maestro en estos momentos. Se me pone un nudo en la garganta cada vez que lo recuerdo. No puede ser que se haya ido. No puede ser que se haya ido de esa manera. No puede ser que se haya ido tan pronto.
Qué puedo decir de él que no se sepa: nada. En este breve artículo no voy a hablar de lo que Dámaso ha sido en el toreo. No hace falta. Todo el mundo ya lo sabe. Tan sólo puedo decir que ha sido el mejor en dos aspectos de la tauromaquia que probablemente sean los más importantes: el valor y el temple. No ha habido un torero más valiente que él. No ha habido un torero que haya templado a los toros más que él. Y tampoco ha habido un torero que se haya arrimado más que él. Dámaso se sacó de la manga ese rinconcito entre los pitones. Ese lugar que nunca antes había pisado nadie y que a partir de él pisaron los que no tanto como él tuvieron el valor de hacerlo. Porque el Maestro se encontraba en ese lugar como el que está tomándose un café en la barra de un bar.
Me costó entrar en el damasismo. Tan sólo era un niño cuando el Maestro daba sus últimos coletazos como torero. Pero aún así tuve la suerte de poderle ver torear en varias ocasiones. La tarde del torazo de Samuel Flores en Madrid marcó un antes y un después en mi. Ese día tuve claro que aquel hombre tan pequeño era muy grande. Y ya nunca dejé de admirarle.
Pero si me admiró el Dámaso torero, aún me admiró todavía más el Dámaso persona. Un hombre sencillo, humilde, bondadoso. Al Maestro te lo podías encontrar cualquier día por las calles de Albacete con su todo terreno y en traje de faena. Casi siempre que le vi venía de trabajar en el campo. Él, que era una leyenda viva del Toreo, que lo había conseguido todo, que era torero de toreros, de repente te lo encontrabas con los pantalones y las botas llenos de barro de sudar en sus tierras como cualquier campesino más.
Tuve la enorme suerte de hablar con él en varias ocasiones. Hablaba con quien fuera. Y lo hacía templado. Te miraba con bondad. Con suavidad, como había tratado él a los toros toda su vida. La última vez que le vi fumaba un cigarro, su eterno cigarro, en la puerta de un restaurante. Sólo, a pesar de que alrededor había mucha gente. Y ahí estaba él. Apoyado en la pared fumando. La gente no se le acercaba por el enorme respeto que su sola presencia imponía. Minutos antes le había regalado mi primer libro y había conversado con él unos minutos. Me recordaba por un artículo muy bonito que años antes había escrito sobre él. Esa noche no soltó mi libro de sus manos ni un sólo minuto. Casi cuando terminaba aquel cigarro en la puerta de aquel restaurante llegué yo. Le miré y me miró. Le dije "hola Maestro" y él me dijo "hola José Antonio". Y añadió: "recuerda lo que te he dicho antes. Cuando me lea el libro te contaré qué me ha parecido". "Muchas gracias, Maestro", fue lo único que acerté a decir ante tal muestra de cariño. Y me dirigí hacia la puerta de entrada del restaurante. Él se quedó apurando su cigarrillo en la soledad de aquella esquina. Mirando al suelo, como ausente. Justo antes de entrar por la puerta miré para atrás y le vi con su vestido verde manzana y oro la tarde del toro de Samuel en Madrid. Aquella tarde, entre los pitones de aquel pavoroso toro también estuvo sólo. Sólo ante el griterío enfervorecido del público madrileño. Sólo ante los gritos de "torero, torero" cuando se dejaba llegar los dos puñales del toro al cuello. Sólo ante la muerte. En ese momento el maestro tiró su cigarro al suelo y lo pisó. Yo me giré y entré en el restaurante. Fue la última vez que le vi. La muerte, esa a la que tanto se había arrimado, esa que tantas veces había burlado con el péndulo de su muleta, le estaba esperando a la vuelta de la esquina para llevárselo para siempre.
Dámaso no ha necesitado morirse para ser mito. Para ser leyenda. Lo ha sido en vida. Lo ha sido como torero y como persona. Ahora ya es inmortal. Ya ha alcanzado la gloria eterna que se merecen los grandes toreros y las buenas personas. Hasta siempre, Maestro. Nos deja un vacío tremendo en el alma. Descanse eternamente. Se lo ha ganado con creces.