lunes, 19 de septiembre de 2016

Demencia "tauril"

En el Toreo no suele existir la memoria. Y mira que es difícil olvidar un buen toro, una buena faena o una buena tarde de toros. Pero no. No existe la memoria. Es triste pero es así. Lamentablemente, como todo en esta vida y en esta sociedad tan carente de sensibilidad, prima más lo malo que lo bueno. Y es que todo el mundo, en general, siempre se queda con lo malo en vez de con lo bueno o positivo. Puedes ser un santo. En el momento que hagas algo mal ya eres la peor persona del mundo, por no enumerar otros adjetivos que sonarían mucho peor.

En este artículo que hoy me ocupa quiero hablar de dos toreros que han sido injustamente tratados por la prensa taurina y el aficionado . Sí, ese que se cree en el derecho de enterrar toreros sólo por una mala tarde. Sí, ese que es capaz de encumbrar a otros a lo más alto sólo por una tarde buena en una plaza de relevancia. Ese que es capaz de juzgar sin compasión ni respeto a un grupo de hombres que se juegan la vida tarde tras tarde.

Quiero hablar de El Cid e Iván Fandiño. Dos toreros que han estado en lo más alto y que ahora están viviendo el calvario del más absoluto desprecio por parte del periodista “íntegro” y el aficionado “exigente”. Dos matadores que durante mucho tiempo fueron el paradigma del torero puro y honesto y que hoy son poco menos que dos delincuentes indocumentados. Yo, que suelo tener memoria en esto y en todo, aún recuerdo cómo los aficionados más puristas y duros tenían a estos dos toreros como sus referentes, a los cuales seguían y defendían ante los supuestos abusos de las figuras del toreo. También recuerdo que esa misma prensa dura y esos mismos aficionados exigentes hablaban de veto por parte de las mismas figuras hacia uno de ellos, concretamente hacia Iván Fandiño. Cómo ha cambiado el cuento. Y en tan poco tiempo además.

Todo aquel que se considere buen aficionado debería estarle agradecido a El Cid y Fandiño y ser un poco más comprensivo con los malos momentos que han podido tener. Malos momentos que por otra parte son normales en la carrera de un torero. Los típicos baches que diría aquel. Y la explicación es muy simple: tanto uno como otro han dado la cara durante mucho tiempo con corridas que muchos toreros no quieren ver ni en pintura. Tanto El Cid como Fandiño llegaron a lo más alto por la vía de las corridas duras y exigentes, esas de los tan halagados encastes minoritarios. Y no en cualquier plaza. Ahí están sus actuaciones heroicas con ese tipo de ganaderías en Madrid, Bilbao, Bayona, Pamplona o Sevilla. Pero lo más importante no es eso. Lo más relevante es que una vez que ambos alcanzaron el estatus de figuras del toreo no dejaron de matar ese tipo de ganaderías más exigentes, si bien es cierto que al poder elegir se apuntaban con más asiduidad a aquellas corridas cuyo toro se considera más comercial o “fácil”. Pero tanto uno como no dejaron de matar victorinos, adolfos, cebadas, fuenteymbros y otras ganaderías de corte más bien torista... Sí, lo sé. Fuente Ymbro no es una ganadería de encaste minoritario, pero por una extraña razón muchos toreros no la quieren ver ni en pintura. Para todos los buenos aficionados y la prensa más exigente eran los dos toreros modelo a seguir, ya que no había otros que intercalaran con esa honradez las corridas comerciales con las duras. Pero se nos olvidó y nos creímos en el derecho de enterrarles para siempre aún haciendo gestas que a otros ni se les pasan por la cabeza. Gestas que aunque no salieron todo lo bien que se esperaba ahí quedaron. La encerrona de El Cid con victorinos y la de Fandiño con seis toros de encastes minoritarios el año pasado ni más ni menos que en Madrid son dos muestras claras de lo que estoy hablando. Repito: no salieron bien por diversas circunstancias. Pero ahí quedan y, como diría aquel, que venga otro y lo haga.

Tengamos memoria. Critiquemos, sí, pero con respeto y consideración en base a la carrera del torero en cuestión. Con ello no estoy diciendo que lo perdonemos todo y si un torero ha estado mal se dice y no pasa nada. Pero seamos algo más comprensivos cuando el que está delante ha hecho méritos de sobra como para que se le respete durante mucho tiempo. No enterremos a toreros que han llevado la honestidad por bandera. No pisoteemos a toreros que han querido cumplir con el aficionado llevando una carrera digna y sin huir de su responsabilidad de matar todo tipo de encastes. Paciencia y memoria, que diría aquel. Algo casi imposible de tener en los tiempos que corren.

miércoles, 31 de agosto de 2016

El poso y la dimensión...

Desde hace un tiempo vengo escuchando en muchos de los toreros que ocupan la tan complicada segunda fila del escalafón dos palabras que a veces me cuesta encajar en sus respectivos contextos: el poso y la dimensión. Como digo, no es muy difícil escuchar esas dos palabras en boca de algunos toreros cuando les preguntan por tal o cual actuación. Normalmente la palabra poso sale a relucir en toreros veteranos y la expresión gran dimensión en los matadores más jóvenes.

Creo sinceramente que ambas expresiones se utilizan para justificar actuaciones que no han sido lo rotundas que al matador de turno le hubiera gustado que fueran, ya sea por las escasas condiciones del animal que han tenido delante o porque simplemente han estado por debajo de su oponente y quieren maquillar la situación. Pero aun así y cuando el torero no ha estado del todo mal pero tampoco extraordinariamente bien y se usan esas palabras yo me pregunto: ¿en serio sirve para algo eso del poso y la gran dimensión? Me explico...
Hoy en día y, teniendo en cuenta la gran competencia que hay en el escalafón taurino, no sirve con tener actuaciones llenas de poso y gran dimensión. Hoy hay que salir a morir. Y no cuatro o cinco tardes al año como decía el maestro Antonio Ordóñez, sino quince o veinte tardes por temporada como mínimo. Hoy los toreros tienen que salir a arrimarse como perros cada tarde y a dejarse los muslos con cada toro. Si se quiere llegar a ser figura del toreo o mantenerse en ese estatus no hay otra. Todo lo demás, ruina.
Todo el mundo sabe cómo está la cosa hoy en día: hay bastantes menos espectáculos que hace unos años, muchos menos puestos, bastante dinero menos, mucha más competencia... Hoy no vale con salir y ponerse bonito. Hoy no vale con demostrar poso y gran dimensión ante un toro de triunfo que se te ha ido al desolladero con las orejas puestas porque no le has dado fiesta. Por conformismo o incompetencia, me da igual. Ambas circunstancias no se las puede permitir alguien que quiere ganar millones en esto o comprarse más fincas y no tener que venderlas pronto. “Estar sin tabaco”, como diría Antoñete, no es muy difícil. Es mucho más fácil que ponerse rico.
Por tanto, dejen de decir eso del poso y la gran dimensión cuando no han tirado la moneda cuando deberían haberlo hecho. No hay peor cosa para un torero que le digan eso de que “se le ha ido sin torear”. Además, el poso es para toreros retirados que vuelven esporadicamente en algún festival benéfico, y créeme cuando te digo que no todo el mundo sabe captarlo. El poso no es para toreros en activo. Estos deben salir a resolver todas las tardes. No hay tutía. Y si no a las pruebas me remito. Hace unos años, con una vuelta al ruedo en Madrid se daban dos vueltas a España. Hoy cortas una oreja y no te comes una rosca. E incluso con dos. Así está esto.
Hoy no valen las medias tintas. Y si no mira lo que están haciendo varias de las principales figuras del toreo. Se están arrimando como nunca. Están haciendo cosas impensables hace unos años en toreros de ese estatus. Están plantándole cara a los tres o cuatro toreros emergentes a base de arrimarse. Les están enseñando los colmillos. No quieren perder ni un ápice del terreno que han ganado durante estos años. Yo, que suelo ser muy crítico con las figuras del toreo principalmente por su encorsetamiento a la hora de matar siempre las mismas ganaderías, reconozco que están haciendo una cosa bien: están enseñando a los chavales cuál es el camino a seguir para entrar en los carteles de relumbrón y qué hay que hacer cada tarde para ganar dinero y comprarse fincas y buenos coches. Así que dejen de decir eso del poso y la dimensión. Cuando uno sabe que podía haber estado mejor es preferible no decir nada. Y es que ya lo dice el refrán: en boca callada no entran moscas.

martes, 30 de agosto de 2016

Torero no, por favor...

Me sorprende mucho cada vez que le escucho decir a los toreros que por nada del mundo permitirían a su hijo que fuera torero. Es más, a más de uno le parece molestar el hecho de que se lo pregunten. No lo entiendo. Sinceramente no lo entiendo…
Todos sabemos de la dureza de esta profesión. Sobre todo los que se visten de luces. Los sacrificios, el miedo, la responsabilidad que conlleva. Se juegan la vida ante una bestia cuyo cometido es defender la suya a base de atacar al que se pone delante. Aquí no hablamos de dar patadas a un balón. Hablamos de poder perder la vida en las astas de un toro. En ese sentido puedo comprender el miedo de un torero que se ha curtido en mil batallas a que su hijo siga los mismos pasos. Pero lo que no entiendo es que se nieguen rotundamente a que sus vástagos se dediquen a la profesión más bonita del mundo. Veo incluso ahí hasta egoísmo.
Algunos toreros justifican su negativa a las penurias que tienen que pasar los chavales para abrirse paso en este mundo. Como si ellos no hubieran pasado por lo mismo o peor. Dicen que el sistema está fatal, que los muchachos tienen que pagar por torear, que si el novillo que se echa hoy en día es muy fuerte. Como si ellos no hubieran pasado por lo mismo o peor. Ante dichos argumentos, deduzco que lo que se impone en esos casos es el tan innato sentido de conservación que tenemos todos los seres humanos. Pero una cosa es eso y otra muy distinta el dar libertad a los sueños de un chaval que lo único que quiere ser es ni más ni menos lo que es o ha sido su padre. ¿Puede haber mayor manifestación de cariño y admiración por parte de un hijo a su progenitor? Creo que no.
Unos han mandado a sus hijos a estudiar al extranjero para que no vean nada relacionado con el toro. Otros les han puesto un balón de fútbol desde bien pequeñitos para ver si se aficionan a la pelotita y con un poco de suerte les sale un Messi o un Iniesta. Los hay incluso que han sido grandes figuras del Toreo y en su casa no tienen ni una fotografía taurina. Todo está guardado en una habitación oscura bajo llave. Vestidos de torear, capotes, muletas, cabezas de toro. Absolutamente todo. El problema es cuando esos niños descubren lo que ha sido su padre y quedan completamente fascinados. Y es que en muchos casos, quieran o no, pongan más trabas o menos, el niño acaba siendo torero en contra de la voluntad de su padre. Triunfan los genes, la pasión y la libertad.
Estamos cansados de escuchar a los taurinos que hay que luchar por la Fiesta. Que hay que defenderla. Que hay que promocionarla. Por eso no entiendo que ningún padre, sea torero o aficionado, no quiera que su hijo sea torero. ¿No se dan cuenta que la mejor manera de promocionar esto es que haya una nutrida cantera de chavales que estén dispuestos a ser toreros? La Fiesta no se acabará porque los políticos o el feroz y salvaje movimiento animalista quiera. La Fiesta morirá el día que no haya nadie que esté dispuesto a ponerse delante de un animal bravo. Y ya podrán estar las ganaderías llenas de toros. Dará igual.
Un hijo o una hija debe de ser lo más grande para unos padres. No me cabe duda. Y apuesto a que ninguno quiere que les pase nunca nada. Ni un rasguño siquiera. Pero ser torero es algo muy grande. Algo que no se puede comparar con ninguna otra profesión. Un héroe moderno. El héroe del siglo XXI. Alguien que se sacrifica, que recibe cornadas, que puede ser odiado y admirado al mismo tiempo… Alguien que puede perder la vida en un segundo pero que puede alcanzar la gloria absoluta en diez minutos. ¿Puede haber algo más grande que eso? Mi respuesta es no. Rotundamente no.
Nuestra sociedad actual vive de espaldas al sufrimiento de cualquier tipo. No queremos sufrir. No queremos morir. Pero todo ello forma parte de la vida. Y la vida a pesar de ello puede ser hermosa, sobre todo cuando dejas tu nombre escrito en letras de oro para la eternidad. Eso, amigo, está al alcance de muy pocos. El torero es uno ellos.
Y es que como bien dijo un día Juan José Padilla, el sufrimiento es parte de la gloria. Pocas verdades son tan ciertas y contundentes como esa.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Madrid y sus novilladas...

El problema de las novilladas en Madrid es morrocotudo. Y no será porque no se han barruntado multitud de teorías durante estos días para explicar qué es lo que está pasando en Las Ventas con estos espectáculos. Lo fácil siempre es culpar al novillo que sale, pero detrás de esa sencilla e injusta explicación hay mucho más. Si vamos tirando del hilo y aplicamos la lógica, no es muy difícil llegar a la raíz del problema. O mejor dicho a las raíces, porque a mi entender son dos...

La primera raíz apunta directamente a los políticos. Hay quien prefiere hablar del “sistema”, pero yo no creo en eso. Yo hablo directamente de los políticos de turno. A una novillada no se le puede poner el 21% de I.V.A ni imponer los enormes gastos que conlleva el montarla. Una novillada además debería ser un espectáculo amateur y por tanto permitirles a los novilleros reducir costes en cuanto a cuadrillas. Con dos banderilleros y un picador sería suficiente. Consecuencia: las novilladas son deficitarias, luego cada vez hay menos empresarios que las organizan. Por tanto, al no haber casi novilladas los novilleros no están tan preparados como hace años. En esas circunstancias van a Madrid y pasa lo que pasa. Se juegan todo a una tarde, salen muy tensionados y encima se les exige como si fueran figuras del toreo. Resultado: o se estrellan o van a la Enfermería. Los casos raros en los que cortan alguna oreja suele ser más por paisanaje que por otra cosa. Actuaciones rotundas para que el chaval pueda salir lanzado de Madrid, ninguna. A las pruebas me remito. Antes un novillero se rodaba por los pueblos y luego iba a Madrid a pegar el zambombazo y ponerse en figura de cara a una muy cercana alternativa. Ahora es al contrario. El mundo al revés. Lamentablemente no queda otra opción.

La segunda raíz apunta directamente al novillo de Madrid. Pero no al animal en sí. Ni siquiera al que lo lleva. La raíz del problema es el sector de la afición de Madrid que exige ese novillo. Ya sabes: burro grande ande o no ande. Mucha caja y pitones que no falten. Puedo asegurar que los novillos más bastos y peor hechos que he visto en mi vida ha sido en Madrid. Claro, allí no se puede llevar una novillada bonita porque los justicieros de siempre pondrían el grito en el cielo. Mal. Muy mal. Y mal la empresa y el equipo veterinario por plegarse a unas exigencias tan brutales para con los chavales. Nunca un público de una plaza de toros ha infundido tanto miedo en los que manejan el cotarro. Así pasa. Eso sí, luego sale una corrida horrible de hechuras de un encaste de los que ellos idolatran ahí nadie dice ni pío. El mundo al revés de nuevo. Y es que el agrandamiento del toro de Madrid desde mediados de los años setenta a esta parte no parece conocer límites.

Por suerte, estos dos últimos domingos han salido dos novilladas más aptas en hechuras que entre todas las que llevamos este verano. Pero para ello han tenido que caer heridos hasta once novilleros, alguno de los cuales de extrema gravedad. Es absurdo que haya que rozar la tragedia tarde tras tarde para que nos demos cuenta de que este no es el camino. Tampoco hablo de cuidar en exceso a los novilleros. Esta es una profesión dura y cualquier animal que salga por toriles te puede matar. Eso lo tienen claro y asumido todos aquellos que se ponen delante tarde tras tarde. Yo de lo que hablo es de tener sentido común, que por otra parte es el menos común de los sentidos.

Cuidemos la cantera. Son el futuro de la Fiesta. Si nos los cargamos, si los desilusionamos, esto tiene los días contados. La Fiesta se acabará cuando no quede un sólo hombre que sea capaz de ponerse delante de un animal bravo. Mientras tanto nadie podrá con nosotros. Aún así no nos tiremos piedras contra nuestro propio tejado. Exijamos lo justo y necesario dependiendo quién esté delante y con qué. No nos volvamos locos porque a este paso ni el más chalao de los chavales querrá ser torero. Y eso que para serlo ya hay que estarlo bastante

miércoles, 20 de julio de 2016

El valor de los muertos...

Te prometo que tenía pensado escribir sobre otra cosa. No he podido. Mis dedos han viajado sin querer desde el teclado a Teruel. Mi mente se ha posado sobre el alma aún cercana de Víctor Barrio y las palabras que han brotado me han vuelto a llevar a la tragedia del pasado 9 de julio. Sé que ya hace días que todo pasó. Sé que ya hablé de ello. Pero las cenizas de Víctor están aún calientes y no he podido, te lo prometo de nuevo, hablar de otra cosa.

Desde que se produjo la tragedia de Teruel he intentado ver algún resquicio de optimismo en todo ello. Algunos seguro que pensáis que estoy completamente loco. Tenéis razón: lo estoy. Pero la vida me ha enseñado a ver el lado positivo de todas las cosas que suceden a mi alrededor. Hasta de las peores. Y creerme que se puede. La terrible muerte de Víctor Barrio también ha tenido su parte positiva. No me tachéis todavía de ogro. Dejarme al menos que me explique.

A principios de los años ochenta hubo una corriente de pensamiento entre la prensa especializada y cierto sector de la afición por la cual se despojó de todo mérito a lo que hacían los toreros en la plaza. Se empezó a decir que el toreo era una profesión sin riesgo alguno, que nunca pasaba nada, que la técnica de los toreros les permitía salir indemnes de todas las corridas por complicado y peligroso que saliera el ganado, etc. Vamos, que ser torero era poco menos que ser un mentiroso con buen sueldo. Y en estas que en los años 1984 y 1985 llegaron las muertes seguidas de Francisco Rivera “Paquirri” y José Cubero “Yiyo” respectivamente. A partir de ese momento cambiaron radicalmente las opiniones en torno a la labor de los toreros. De repente ya no era una profesión banal, sino algo en donde un hombre se jugaba la vida de verdad. Hasta tal punto que podía llegar a perderla. En el caso de Víctor Barrio ha pasado algo parecido. Víctor ha vuelto a poner en valor a los toreros. Víctor ha hecho que todo el mundo recapacite y se de cuenta de que los toreros son los únicos héroes que existen en este denostado y carente de valores siglo XXI. Sí, he dicho bien: héroes. Su muerte por tanto no ha sido en vano. Su muerte ha tenido un valor extrahumano.

Pero no sólo he extraído esa lectura positiva de la muerte de Víctor Barrio. He concluido en otra, la cual me ha permitido conocer hasta dónde puede llegar el ser humano tanto en el aspecto positivo como en el negativo. Cientos, miles de personas nos hemos quedado rotos de dolor con la muerte de Víctor. Cientos, miles de personas hemos vertido a las redes sociales mensajes alabando al torero muerto y apoyando a sus familiares en estos duros momentos. Pero también ha habido personas que lamentablemente se han alegrado de su muerte y han proferido auténticas vejaciones contra su persona y, además, contra una familia destrozada por la tragedia. Personas estas que se han retratado y que han dejado constancia de que la sociedad puede llegar hasta donde nunca podríamos haber imaginado. Gente que antepone la vida humana a la animal, que valora más ésta que la otra y que se amparan en un supuesto animalismo. Aunque más que animalistas yo diría que son auténticos animales a secas por la sinrazón de sus actos. Creo sinceramente que este tipo de seres que abrazan esa ideología deberían cambiarse el apelativo. Y es que les pega mucho más eso de animales. Pensarás que aquí no hay nada positivo. Te equivocas. Saber que hay personas capaces de semejantes actos es una lección muy valiosa, aunque sólo sea para tener cuidado de con quién te juegas los cuartos. O quizás para saber que en el mundo hay más personas buenas que malas. Ahora ya eres tú el que puede elegir una lección u otra. O las dos.

Al día siguiente de la tragedia de Teruel, en mi trabajo, pude vivir un hecho que me dejó partido por la mitad. Un señor de avanzada edad, no aficionado a la Tauromaquia, me dijo en un momento determinado que tenía una pena muy grande. Yo le pregunté que qué le ocurría y él, con lágrimas en los ojos, me dijo que a pesar de no gustarle los toros había sentido una pena y un dolor muy grandes por la muerte de Víctor Barrio. “Lo he sentido como si fuera mi hijo”, dijo textualmente. En ese momento yo enmudecí de inmediato intentando contener las lágrimas que a duras penas luchaban por no salir de mis ojos. “Yo también, amigo. Yo también”, fue lo único que acerté a contestarle. Sobraban las palabras. Sobraban las causas y los porqués. Sobraba hasta el aire tenso que respirábamos en ese momento. “Todavía queda gente buena en el mundo”, me dije para mí mismo cuando este anciano salió por la puerta de mi consulta. Quiero quedarme con esa segunda lectura positiva ante la desgracia de Víctor Barrio.

La muerte de Víctor Barrio ha sido una lección no sólo para el mundo del Toreo, sino para la sociedad en general. El que lo haya querido ver lo habrá visto. El que no es que es ciego de alma y así seguirá durante toda su vida. Un hombre ha dejado sus sueños en la arena. Con ello ha engrandecido la profesión de torero y ha hecho ver a las claras cómo es nuestra sociedad actual. Cuentan los que le conocían bien que era un tipo extraordinario. Una buena persona de los pies a la cabeza. Quizá por ello Dios o lo que quiera que haya allá arriba no ha podido esperar...

martes, 12 de julio de 2016

Los héroes nunca mueren para siempre...

El primer recuerdo que tengo de mi infancia más precoz es la muerte de "Yiyo". Tenía cinco años. Aquella noche del 30 de agosto de 1985 las imágenes que el telediario estaba dando sobre la muerte de José se quedaron grabadas en mi mente para siempre. Como grabada se quedó también la imagen de mi padre llorando desconsoladamente sentado en una silla del comedor de casa viendo el fatal desenlace de un torero apenas incipiente. Y es que a "Yiyo" le queríamos mucho en casa. Como queríamos a Julio Robles, por el que también lloramos y mucho años después.
Recuerdo también especialmente la trágica muerte del banderillero Manolo Montoliú. Tenía once años y una afición desmedida. Aquella tarde del 1 de mayo de 1992 corrí raudo desde el colegio a casa porque había toros desde Sevilla. Me hice la merienda y me senté ante el televisor. Y aquel 1 de mayo pude contemplar aterrado la fatal cornada al gran torero de plata valenciano. Ese día mi afición se paró en seco.
No tardó mucho en volver cuando mi mente aún infantil logró comprender que los toreros podían morir en el ruedo. Que eran capaces de dar su vida sin importarles lo que les pudiera pasar. Que un toro les podía quitar la vida pero nunca la gloria. Y que el Toreo era lo más grande que existía sobre la faz de la Tierra. Desde entonces esa afición ya nunca más me abandonó.
Este sábado la muerte volvió a visitar a un torero en el ruedo. A un héroe de veintinueve años que tenía todo el futuro por delante. Esa es la grandeza del Toreo. Aquí todo es de verdad. Aquí se muere de verdad. Pero se nos olvida. O quizás no queremos pensar en ello porque esa realidad duele de una manera despiadada. Una realidad a la que esta sociedad aborregada le da la espalda. La muerte está siempre presente en nuestras vidas, y la Tauromaquia es la mejor forma de comprender este hecho tan palpable y desgarrador.
Cuenta el maestro José Ortega Cano que cuando entró el sábado al patio de cuadrillas de la plaza de toros de Teruel vio a todos los toreros juntos en un lado del mismo. Víctor Barrio no estaba con ellos. Estaba enfrente. Sólo. Miraba al ruedo, con la mirada perdida en el infinito y sin pestañear. Su gesto era de una seriedad y una concentración que helaba la sangre. José, tras saludar a su torero y a Curro Díaz, se dirigió con mucho respeto a Víctor. Con un gesto suave y apenas perceptible acarició el hombro derecho del torero y, percibiendo su ensimismamiento, le preguntó que dónde estaba su pensamiento. Víctor le respondió: "mi pensamiento está en que hoy es un día muy importante para mí maestro"...
Demasiado importante Víctor. Demasiado importante. Estabas a punto de cruzar la puerta grande más importante de todas. Estabas a punto de alcanzar la gloria eterna.
Ojalá que allá donde estés hayas podido ver que todo el Toreo ha llorado tu muerte. Que tus compañeros te han despedido rotos de dolor y con miles de lágrimas amargas en los ojos. Ojalá que allá donde estés puedas ver y sentir que ningún aficionado te olvidará jamás.
Los héroes nunca mueren para siempre, y tú, torero, siempre serás uno de ellos.
Hasta siempre Víctor.

jueves, 7 de julio de 2016

Y volver, volver, volver...

De un tiempo a esta parte venimos asistiendo a una especie de resurrección taurina propiciada por matadores de toros retirados a los que de repente les ha vuelto a picar el gusanillo del toreo. Siempre digo que las personas somos como las ovejas. Donde va una van todas. Pues bien, parece ser que ahora está de moda reaparecer vestido de luces sólo para torear una tarde.

De toda la vida de Dios hemos visto cómo muchos matadores de toros retirados de vez en cuando han vuelto a pisar la arena para torear algún que otro festival benéfico. Repito: festival. Ahora, en cambio, se ha dado un paso más allá y esas reapariciones fugaces se hacen enfundados ni más ni menos que en el sagrado chispeante. Casi siempre suelo estar en desacuerdo con las modas, y esta no va a ser menos.

Creo firmemente que el Toreo es algo mucho más serio de lo que muchos se lo están tomando. Y lo digo con el mayor de los respetos a esos matadores retirados que, como no, se van a jugar la vida únicamente una tarde tras varios años en casa disfrutando de sus éxitos pasados. Una cosa no quita la otra. Pero como digo, el Toreo es algo mucho más grande que eso. Considero que los toreros que van a hacer el paseíllo en cincuenta o sesenta ocasiones esta temporada en todo tipo de plazas merecen un respeto mayor por parte de sus ex compañeros de escalafón. Porque los que están diariamente al pié del cañón son los que merecen las atenciones de aficionados y medios de comunicación, y no el ex espada que lleva diez o doce años retirado de los ruedos. Además, muchos de ellos tienen la posibilidad de matar el gusanillo en el campo, porque casi todos están ricos y tienen medios suficientes para hacerlo.

Nunca he sido partidario de las reapariciones de los toreros. Es más, considero que cuando un matador se retira debería ser para siempre. Tanto si te has ido tú como si ha sido el público el que te ha echado -cosa que es mucho más hiriente y triste-, lo que has hecho en los ruedos hecho está. Y si se ha decidido la retirada debe ser con todas las consecuencias. Eso a todas luces es una lección de hombría y seriedad. El irte y volver otra vez una o más veces creo que resta seriedad a la carrera de un torero. En algunos casos esa situación eclipsa la gran trayectoria del matador -me estoy acordando ahora mismo de Ángel Teruel padre-, y en otros casos aniquila los buenos recuerdos de una gran trayectoria profesional, dejándote como se suele decir a la altura del betún -me estoy acordando de las últimas temporadas de Ortega Cano, donde el ridículo fue la nota predominante en sus actuaciones.

Creo que un torero debe saber cuándo se tiene que ir. Y cuando lo haga que sea para siempre. Y, como digo, debe tener la capacidad para darse cuenta cuándo es el momento justo de colgar el vestido de torear. Algunos desgraciadamente no han tenido esa capacidad y ha sido el público, la prensa o ambos a la vez los que le han acabado echando. Algo como digo muy triste.

Si estoy en contra de la reaparición por un día de un determinado torero es también porque su actuación suele ser más bien un simulacro de corrida. Generalmente en este tipo de espectáculo taurino-festivo el toro no existe o, si existe, se procura que sea lo más cómodo posible no vaya a estropear la fiesta. Por ahí no paso. Si se reaparece, aunque sólo sea para una tarde, ha de hacerse con todas las consecuencias. Con un toro serio e íntegro, con sus pitones inalterados, que ya nos conocemos. Todo lo que no sea eso es un espectáculo vacío y sin ninguna carga dramática y emocional, que es lo que debe primar en la Fiesta si la queremos conservar. Para reírnos y comer palomitas ya hay demasiados espectáculos hoy en día.

Por tanto, cuidado con esas reapariciones por un día vestido de luces. Cierto es que cada uno con su vida puede hacer lo que quiera, pero pienso que hay que respetar más tanto a los que están día a día batiéndose el cobre por las plazas como a la propia Fiesta en sí. Los festivales con leyendas del Toreo retiradas siempre han sido algo muy torero y respetable. El vestido de torear es otra cosa. Seamos serios y proyectemos esa seriedad a la propia Fiesta y a la sociedad. Sólo así conseguiremos que no nos tomen tan a pitorreo. Y es que hoy en día el horno no está para bollos...